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26.1.14

Bora Bora: Pearl Farm


Un poco de Jack Nicholson, nunca viene mal.

Uno de los mayores embrujos de Polynesia son las perlas negras. Que reciben el nombre de la ostra donde se cultivan, la Pinctada margaritafera, que tiene los labios negros.

Antes de que los Japoneses Nishikawa-san & Mise-san registraran la patente que describía cómo generarlas de manera artificial, los Polinesios llevaban muchos siglos buceando a pulmón para obtener ostras de las que, con suerte, saldría alguna de estas maravillas, que les traerían fortuna a través de la ofrenda (a los dioses o a sus jefes).

En 1916, se concedió la patente a estos dos genios (que básicamente, le habían copiado la idea a un británico, el biólogo William Saville-Ken, que conocieron en Australia). Nishikawa-san se casó con la hija de Mikimoto, que como muchos sabréis, es hoy en día un gigante del negocio de la perla en Japón. Por qué no me estriará un pelo este tipo de situación, matrimonio arreglado & mujer que se queda lo mejor.

En fin. El caso es que las Perlas de Tahiti son mis favoritas. Por esas tonalidades que alcanzan, sus múltiples formas, tamaños y colores. La ostra de labio negro abunda en las aguas cálidas de los mares del sur, especialmente en los atolones. Esto, combinado con que Polynesia sea un destino de lujo, genera un gran mercado de turistas & honeymooners, que se quieren hacer con lo mejor del mercado local "como recuerdo".



Las granjas de perlas, son un lugar donde aprender - así como un mercado de joyas.





Nosotros nos quedaremos en la parte del aprendizaje: Cómo se hace una perla?

[1] Se coge una concha del río Mississippi y la gruesa capa de nácar se corta en trocitos, que se pulen hasta formar esferas (u otras formas, barroque o circlé) que sirvan de núcleo.

[2] Se sacrifica una ostra, tomando un trocito del manto y colocándola sobre el núcleo.

[3] Otra ostra viva, se abre con cuidado, se le introduce el núcleo y se espera. La ostra tratará de protegerse de ese cuerpo extraño cubriéndolo de nácar. Poco a poco, el núcleo se va cubriendo y tomando la tonalidad que le da el manto.

[4] A los 2 años,  se pone la ostra en agua templada (para que se relaje) y se abre. La perla se extrae y se le introduce otro núcleo de tamaño mayor. La ostra ha crecido y es capaz de aceptarlo. Introducir un núcleo demasiado grande podría matarla. De ahí que el tamaño se vaya incrementando gradualmente, en línea con el crecimiento de la ostra en sí misma.

[5] A los 4 años,  se pone la ostra en agua templada (para que se relaje) y se abre. La perla se extrae y se le introduce otro núcleo de tamaño mayor.

[6] A los 6 años,  meses,  se pone la ostra en agua templada (para que se relaje) y se abre. La perla se extrae y se cuelga la ostra en agua, porque es momento de que eche las larvas y se reproduzca. 





Se trata de un proceso extremadamente artesano y tedioso. De ahí el precio de las perlas de Tahití.





Por otro lado, en China, han desarrollado un método que se diferencia del Akoya (el más usado en Japón, donde se meten dos núcleos en un mejillón que genera perlas blanco-rosadas) que recibe el nombre de freshwater pearl en el que se introducen multitud de núcleos en un mejillón que genera 30 perlas en tiempo récord.

En los 80, las perlas que salían tenían formas muy irregulares, como si fueran rice krispies. Ah. Como me recuerdan al collar de vueltas de mi madre. En fin, el caso es que los grafters chinos han mejorado su técnica considerablemente. Hoy en día, resulta casi imposible distinguir (ni a simple vista, ni por un joyero a veces) entre perlas cultivadas con el método tradicional (que es muy largo, tedioso y poco productivo) y perlas obtenidas con el método freshwater. 

Resulta que hasta a las perlas ha llegado un poco el dilema de los transgénicos, los pesticidas, del alejarse de lo tradicional para sumirse en una opción más productiva, aunque evidentemente no sea lo mismo.



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